Marrakech, 2007

No sé si Marrakech se recuerda o se respira.

Aquel día, en 2007, la plaza estaba tan llena que caminar era casi una negociación cuerpo a cuerpo. No avanzabas: te dejabas empujar por la corriente.

Había humo, bombillas desnudas, vapor, voces, carros, platos, turistas desorientados, hombres vestidos de blanco entrando y saliendo de la niebla como si formasen parte de una coreografía que nadie había ensayado pero todos conocían.

Y luego estaban los niños.

Un grupo de críos nos siguió durante un buen rato. Insistentes, rápidos, vivos. Demasiado vivos. Se acercaban, se apartaban, volvían. Intentaban distraernos, meter la mano donde pudieran, probar suerte. No era una escena amable, pero tampoco era una postal cruel. Era Marrakech funcionando a su manera: intensa, incómoda, fascinante, contradictoria.

Eso es lo que más recuerdo de aquella plaza.

No la imagen turística.

No el exotismo fácil.

Sino esa sensación de estar dentro de algo que no se detenía por ti. Un lugar donde la belleza no pedía permiso, pero tampoco se molestaba en ser cómoda.

Hice esta fotografía en medio de todo aquello. Entre el humo de los puestos, el calor de las bombillas y una multitud que parecía no tener borde.

A veces una fotografía no ordena el mundo.

Solo consigue dejar constancia de que, durante una fracción de segundo, estuviste dentro de él.

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