Las flores que nunca quise fotografiar

Tengo que confesar algo: siempre me han parecido insoportables las fotos de flores.

Esa cosa blanda, decorativa, de calendario de óptica. La flor como excusa para no decir nada. La macro bonita que se cuelga en el salón porque no molesta a nadie. Llevo años huyendo de eso con todas mis fuerzas.

Y sin embargo aquí estoy, publicando flores.

La diferencia está en el sitio. Estas no son flores cualquiera. Son las de mi huerto, en Totana. El lugar donde crecí. La tierra a la que vuelvo. Y cuando me agaché a fotografiarlas no buscaba lo bonito — buscaba mirar de verdad algo que llevaba toda la vida viendo sin ver.

Lo que encontré no es delicado. Es un capullo erizado de pelos como un animal. Dos escarabajos apareándose sin pudor sobre una flor morada. Un cardo armado de púas como una estrella de guerra en miniatura. Una flor seca que parece papel a punto de deshacerse. Espinas. Tricomas. Estructuras que parecen diseñadas por un ingeniero con muy malas intenciones.

Resulta que de cerca las flores no son tiernas. Son máquinas de sobrevivir. Pinchan, atrapan, se defienden, se reproducen con una urgencia que no tiene nada de romántica.

Mi formación en imagen científica tiene la culpa de esta mirada, supongo. Llevo años fotografiando el mundo a través de microscopios, buscando la precisión por encima de la belleza. Pero hay algo más, y es más simple: es mi huerto. Es mi casa. Y uno mira distinto lo que ama.

Estas flores no son ñoñas.

Son de donde vengo.

Comentarios

0
Para comentar necesitas iniciar sesión o crear una cuenta. Iniciar sesión · Crear cuenta

Todavía no hay comentarios. Sé la primera persona en comentar.